Cuentan los cronistas que hace unos doscientos
años le preguntaron a Napoleón qué opinaba de China y él respondió: “Allí
duerme un gigante. Dejémoslo que duerma, porque cuando despierte se moverá el
mundo entero".
China ya no es sólo conocido por tener el mayor
ejército del planeta (unos 2,5 millones de soldados), contar con 16 de las 20
ciudades más contaminadas del mundo o mantener a un tercio de su población en
la pobreza absoluta. En los últimos años el gigante asiático se está
despertando y ya es toda una potencia económica de primer orden: se ha
convertido en el mayor exportador mundial y su mercado interno no es para nada
desdeñable. En 2009, por ejemplo, se vendieron allí cerca de 13,6 millones de
coches nuevos, destronando a Estados Unidos como el mayor mercado mundial de
automóviles.
El papel chino en la escena mundial es ya
incuestionable. En plena crisis económica su crecimiento ha superado a todos
los países desarrollados alcanzando el 8,7% en 2009; y en 2010 esperamos que
sea incluso mayor. China juega además la baza del desacoplamiento, esto es, sus
ciclos económicos no siguen el mismo ritmo que las principales economías
mundiales y se convierte en una apuesta muy a tener en cuenta ahora que la
locomotora occidental avanza más despacio.
A China puede vérsele hoy como una amenaza o como una
oportunidad. Es cierto que sus problemas son aún enormes: con un motor
económico muy revolucionado no se puede descartar un eventual recalentamiento y
desde el punto de vista humano no es precisamente el mejor lugar del mundo para
vivir. Pero al igual que ha hecho Google quedándose en China a pesar de los
problemas con la censura y el rifirrafe con las autoridades locales, el
inversor con un horizonte realmente de largo plazo puede subirse al carro
amarillo invirtiendo en las empresas chinas tal y como le indicamos en el artículo
siguiente.